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Las claves del pulso económico entre China y Estados Unidos que definirá el futuro del planeta

September 21, 2026

Las claves del pulso económico entre China y Estados Unidos que definirá el futuro del planeta

China ha dejado de ser considerada una "potencia emergente" y se ha consolidado como la segunda economía más grande del mundo, generando un tercio de las manufacturas globales. Este ascenso es visto en Pekín como el retorno a una posición histórica, tras haber sido el centro económico de Asia durante siglos. La creciente rivalidad con Estados Unidos se centra en la competencia por tecnología, mercados y poder político. Este conflicto refleja una lucha más amplia sobre cómo se distribuirá el poder económico mundial en las próximas décadas. Históricamente, China fue una de las economías más desarrolladas antes de quedar rezagada tras la Revolución Industrial y sufrir el "Siglo de la Humillación". Sin embargo, desde las reformas de Deng Xiaoping en 1978, el país ha abierto su economía y se ha convertido en la principal plataforma manufacturera global, integrándose en las cadenas de suministro internacionales. En la última década, China ha cambiado su enfoque hacia actividades de mayor valor añadido, desarrollando capacidades en sectores como semiconductores, inteligencia artificial y energías renovables. Empresas chinas como Huawei y BYD ahora compiten a nivel global, desafiando a gigantes estadounidenses y europeos. Este cambio ha

Durante las últimas décadas se habló de China como una “potencia emergente”, pero la expresión resulta cada vez menos adecuada. Es ya la segunda economía del mundo, genera alrededor de un tercio de las manufacturas globales y compite en sectores como los vehículos eléctricos, las baterías, las energías renovables, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones. Desde Pekín, además, este proceso se interpreta con una perspectiva histórica distinta. El gran país asiático no se considera una potencia nueva. Su ascenso representa la recuperación de la posición central que ocupó durante siglos, y perdió a partir del siglo XIX. Entender esta trayectoria ayuda también a explicar la creciente rivalidad con Estados Unidos. En El regreso de China analizo cómo ambos países compiten hoy por tecnología, cadenas de suministro, mercados, finanzas e influencia política. Detrás de cada uno de estos conflictos aparece una cuestión más amplia: cómo se repartirá el poder en la economía mundial durante las próximas décadas. Antes de la Revolución Industrial, China se encontraba entre las economías más desarrolladas del mundo. Algunas regiones, como el delta del Yangtsé, presentaban hacia mediados del siglo XVIII niveles de vida y estructuras productivas comparables a los de las zonas más avanzadas de Europa. Sus grandes ciudades articulaban extensas redes comerciales y el país destacaba en sectores como la porcelana, la seda, el hierro o el té. Ese equilibrio cambió con la Revolución Industrial. Gran Bretaña incorporó el carbón y la máquina de vapor a la producción, aumentó enormemente su productividad y combinó esa transformación económica con una creciente capacidad comercial y militar. Así, China quedó rezagada. Las guerras del opio mostraron con crudeza la nueva correlación de fuerzas. A mediados del siglo XIX, el antiguo centro político y económico de Asia comenzó a sufrir derrotas militares, tratados desiguales y una creciente pérdida de soberanía frente a las potencias occidentales. Ese periodo, llamado en China “Siglo de la Humillación”, ocupa un lugar clave en la visión china de su propia historia. La modernización del país durante el siglo XX puede leerse también como un intento de cerrar aquella ruptura. La victoria del Partido Comunista en 1949 fue el primer paso de esa recuperación. Su líder, Mao Zedong, reconstruyó la unidad del país, reforzó la capacidad del Estado e impulsó su industrialización, aunque algunas de sus grandes campañas, como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural, tuvieron enormes costes económicos y humanos. China recuperó soberanía y peso político, pero seguía lejos de ocupar la posición económica que había tenido siglos atrás. El auténtico gran salto llegó después de 1978. Las reformas impulsadas por Deng Xiaoping abrieron progresivamente la economía al comercio y la inversión extranjera. China ofrecía mano de obra abundante, costes relativamente bajos, infraestructuras cada vez mejores y un Estado dispuesto a favorecer la industrialización. El momento internacional también ayudó. Desde los años ochenta, las grandes empresas comenzaron a fragmentar sus procesos productivos entre distintos países. Las actividades intensivas en trabajo se desplazaron hacia economías con menores costes, mientras las empresas occidentales conservaban buena parte del diseño, las patentes, las marcas, el software y la financiación. China encontró su lugar dentro de ese modelo y terminó convirtiéndose en la principal plataforma manufacturera global. Su entrada en la Organización Mundial del Comercio, en 2001, aceleró todavía más el proceso. Durante años, Estados Unidos y las potencias occidentales veían con buenos ojos esa integración. Las empresas occidentales reducían costes y accedían al enorme mercado chino. China recibía inversión, tecnología y conocimientos mientras industrializaba su economía a una velocidad extraordinaria. Pero Pekín fue modificando gradualmente su posición dentro de esas cadenas de valor. Durante la última década, la estrategia china se ha centrado en progresar hacia las actividades de mayor valor añadido. El objetivo aparece en sucesivos programas industriales, tecnológicos y científicos: aumentar la capacidad nacional en semiconductores, telecomunicaciones, inteligencia artificial, robótica, baterías, energías renovables, biotecnología o computación cuántica. El resultado ya es visible. Empresas como Huawei o BYD compiten internacionalmente con compañías estadounidenses, europeas, japonesas y surcoreanas. China conserva una enorme base manufacturera y al mismo tiempo ha desarrollado capacidades tecnológicas propias. Esta transformación cambia también la naturaleza del poder económico. Fabricar un producto constituye solo una parte de la cadena. Las patentes, los estándares técnicos, los proveedores, las plataformas digitales, la financiación y las infraestructuras determinan quién captura el valor y quién ocupa las posiciones centrales de una industria. Read more: La transformación del sector del automóvil chino: de cliente a primer exportador mundial en solo 20 años Durante décadas, Washington favoreció la integración de China en la economía mundial. Existía también una expectativa política: la apertura económica debía favorecer una progresiva liberalización interna y acercar al país al modelo occidental. La primera parte funcionó mucho mejor que la segunda. China quedó profundamente integrada en el comercio y las cadenas globales, mientras el Partido Comunista mantuvo el control político. Al mismo tiempo, esa integración permitió al país acumular capacidades industriales y tecnológicas hasta convertirse en un competidor de Estados Unidos desde dentro del propio sistema económico internacional. La política estadounidense fue cambiando a medida que esta transformación se hacía evidente. Barack Obama intentó reforzar las alianzas económicas en Asia y diseñar nuevas reglas comerciales alrededor de Estados Unidos. En su primer mandato, Donald Trump apostó por los aranceles y una política abiertamente proteccionista. Joe Biden mantuvo buena parte de ese giro mediante controles tecnológicos, subsidios y programas de política industrial. De este modo, EE. UU. aceptaba el rol periférico de China, pero buscaba frenar la escalada de Pekín como potencia. Por tanto, la rivalidad con China ha terminado generando un consenso poco habitual en Washington: la seguridad nacional depende también de la capacidad productiva, el acceso a tecnologías estratégicas y el control de determinadas cadenas de suministro. Read more: Materiales en guerra: cómo nos afecta la creciente tensión entre China y EE. UU. Este cambio está transformando la globalización. Gobiernos y empresas siguen dependiendo de redes productivas, financieras y tecnológicas internacionales. Pero ahora observan esas dependencias con una preocupación mucho mayor. Un proveedor de semiconductores, un sistema de pagos, una refinería de minerales críticos o una infraestructura digital pueden convertirse en instrumentos de presión. Estados Unidos parte con ventajas importantes porque ocupa posiciones centrales en las finanzas internacionales, el dólar y determinadas tecnologías avanzadas. China intenta reducir esas vulnerabilidades y construir redes propias en ámbitos como las infraestructuras, las energías limpias, los sistemas de pagos o los estándares tecnológicos. El resultado es una globalización donde la eficiencia comparte espacio con la seguridad económica. Vuelven la política industrial, los subsidios, los aranceles, los controles de exportación y la preocupación por el origen de las cadenas de suministro. Read more: 2026-2030: cinco años en los que China busca consolidar su poder global mediante la tecnología, la autosuficiencia y la proyección exterior Las grandes revoluciones tecnológicas abren oportunidades para alterar las posiciones de poder. China conoce bien esa historia: quedó rezagada durante la I Revolución Industrial y ahora quiere e
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