Así es el libro sobre la vida de Malcolm Deas, el historiador inglés que se enamoró de Colombia
El libro cuenta con un prólogo escrito por el premio Nobel de Economía James A. Robinson, quien dialoga con las ideas sobre instituciones y desarrollo que el historiador planteó durante décadas. | Foto: Caracol Radio - Juan Camilo Paiba
Juan Camilo Paibahttps://www.instagram.com/juancamilopaiba20/
“Tenía un humor muy fino. También era un hombre muy “dateado”. Él podía decirte cuántas sillas habían en la Biblioteca Luis Ángel Arango, a qué horas abrían, a qué horas cerraban o quiénes habían sido los dueños de tal cafetería. Incluso, él sabía en donde pasaba las tardes el presidente del momento”, dice Diego Aretz, periodista, autor, investigador, documentalista colombiano y máster en Reconciliación y Estudios de Paz de la Universidad de Winchester sobre Malcolm Deas, el destacado historiador británico, uno de los más importantes “colombianistas” del mundo y personaje central de su primer libro: Malcolm deas, Retrato del inglés que hizo a Colombia su historia.
En Bogotá, en el Gimnasio Moderno, Aretz presentó su obra, resultado de años de trabajo en periodismo de investigación, archivo y memoria. Durante el foro de lanzamiento, que tuvo la participación de Paca Zuleta, analista política; Alejandro Gaviría, economista y ex ministro de Educación y Alejandro Santos, director de Contenidos de Prisa Media, el autor explicó cómo por medio de anécdotas y recuerdos de familiares, amigos cercanos, colegas académicos, discípulos, dirigentes y expresidentes colombianos que interactuaron con Deas construyó un relato con múltiples voces sobre la trayectoria de un hombre que dedicó gran parte de su vida a entender la política del país.
“Malcolm fallece a mitad de camino y eso me hace plantearme una perspectiva distinta. Decidí entonces que no voy a hacer que el lector se enfrente a una sola voz; a un texto uniforme y único, sino que le voy a presentar algo desde lo más honrado del periodismo: la fuentes directas a través de sus testimonios que acompañan los datos”, aclara el periodista.
Alejandro Santos, director de Contenidos de Prisa Media; Diego Aretz, autor del libro; "Paca" Zuleta, analista política y Alejandro Gaviria, economista y economista y ex ministro de Educación. | Foto: Caracol Radio - Juan Camilo Paiba
Alejandro Santos, director de Contenidos de Prisa Media; Diego Aretz, autor del libro; "Paca" Zuleta, analista política y Alejandro Gaviria, economista y economista y ex ministro de Educación. | Foto: Caracol Radio - Juan Camilo Paiba
Horas previas al evento, Caracol Radio conversó con el autor para entender un poco más la visión que tenía el historiador sobre Colombia, sobre el país que vio y que, según dijo Santos, “es necesario analizar con calma, alejados de la generalidad, para ver el todo en sus partes, así como lo hacía Malcolm Deas”. Esto dijo Diego Aretz:
Malcolm tenía una relación muy particular con el lenguaje. Hablaba un español muy bogotano, como el de los años cincuenta y sesenta, porque había aprendido el idioma cuando llegó a Colombia, a los veinte años. Utilizaba palabras como “carachas” y “ala”, y tenía un humor muy fino, muy inglés. Por ejemplo, nunca hizo un doctorado porque los académicos de su generación no solían hacerlos, pero había calificado decenas de tesis doctorales. Entonces decía, con mucha ironía: “Dios me ha castigado calificando 75 doctorados sin tener ninguno”. Era un chiste sobre su trabajo, sobre su propia trayectoria y sobre las diferencias entre su generación y las nuevas generaciones académicas.
Recuerdo también una frase suya: “En Colombia unos creen que mandan y otros piensan que obedecen”. Se estaba riendo de unas élites que creían gobernar un país que, en realidad, no conocían del todo. Malcolm tenía esa capacidad de decir algo que cambiaba la manera de entender un conflicto o un momento histórico y, después de hablar durante quince minutos, añadir: “bueno, y te tengo otro dato para confundirte aún más”. Era un hombre de una lucidez impresionante, incluso en sus últimos años. Le encantaba conversar, echar cháchara —decía que era un experto en eso— y utilizar el humor para poner en cuestión lo que los demás daban por sentado.
Malcolm era un hombre muy reservado con su vida privada y despertaba un respeto casi reverencial. Había sido profesor de Oxford, amigo de expresidentes y una persona que había dedicado décadas a estudiar la literatura, la historia y la política colombianas con un rigor extraordinario. Yo creo que nunca había conocido a alguien que hubiera leído tanto sobre Colombia y que hubiera estudiado el país de una manera tan sistemática. Además, era una figura a la que incluso personas muy poderosas, como Álvaro Uribe o Juan Manuel Santos, respetaban. Era un personaje fascinante, pero también bastante inaccesible.
Lo conocí durante una cena en el proceso de paz y nuestra primera conversación fue una discusión sobre la masacre de las bananeras y el papel de la obra de García Márquez en la manera de entenderla. Me llamó la atención que Malcolm no afirmaba cosas simplemente porque se le ocurrían: documentaba sus argumentos y buscaba información. Era muy periodista en ese sentido, muy curioso. También había algo misterioso en su trayectoria. Quería ser periodista en la India y terminó en Colombia; los espías y los gobiernos lo consultaban, y el presidente Belisario Betancur, según cuenta el libro, lo llamó el día de la toma del Palacio de Justicia. Uno se preguntaba cuál había sido realmente su papel en la política y en el Estado colombiano.
Alejandro Santos y Diego Aretz. | Foto: Caracol Radio - Juan Camilo Paiba
Alejandro Santos y Diego Aretz. | Foto: Caracol Radio - Juan Camilo Paiba
Hay algo que me recuerda a Jaime Garzón: la idea de que uno de nuestros grandes problemas es el amor propio, la dificultad para reconocer el valor de nuestra identidad y de lo que hemos logrado como país. Colombia se independizó, construyó instituciones, consiguió acuerdos con distintos grupos armados y logró derrotar a Pablo Escobar y a lo que representaba su cartel. También tuvo una trayectoria política distinta de la de otros países de América Latina, muchos de los cuales vivieron dictaduras prolongadas. Malcolm veía todas esas cosas y entendía que Colombia era un país valioso, con posibilidades y potencial, aunque nosotros muchas veces no lo viéramos así.
Creo que hay una tendencia muy arraigada a pensar que este país no sirve para nada, que todos los políticos son iguales y que nada de lo que hemos hecho ha valido la pena. Malcolm invitaba a cuestionar esa mirada. No todos son iguales, no todo ha sido un error y no todo ha sido en vano. Cuando uno reconoce con mayor claridad su propia historia, también puede sentirse más fuerte, más representado y más digno. Eso no significa desconocer los problemas, sino entender que Colombia es mucho más que sus tragedias. Él tenía una manera de mirar el país que permitía reconocer tanto sus dificultades como sus logros.
Una de las grandes lecciones es no despreciar ninguna fuente. Malcolm iba a las librerías del centro de Bogotá, a los callejones y a los establecimientos de libros usados. En una librería de viejo en Buenos Aires encontró un libro que tenía una firma de Simón Bolívar. Eso muestra hasta qué punto era un investigador que buscaba, indagaba y estaba pendiente de las cosas. La historia puede aparecer en lugares inesperados, y uno tiene que estar dispuesto a encontrarla. Para él, no bastaba con tener una teoría: había que buscar los documentos, los datos y las evidencias que permitieran sostenerla.
También entendía que las fuentes no tenían que proceder necesariamente de las élites o de los archivos oficiales. El diario de una costurera y vendedora de dulces de San José de Suaita, por ejemplo, le permitió estudiar cómo se vivía la política en un pueblo del siglo XIX. A partir de ese testimonio cuestionaba la idea de que las élites lo controlaban todo desde arriba, sin que ocurriera nada más.