¿Qué precio pagarán los evangélicos blancos por su lealtad a Trump? La hora de rendir cuentas parece estar acercándose
“¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”.
Esa es una de las preguntas más inquietantes planteadas por Jesús en el Nuevo Testamento. ¿Por qué —les pregunta a sus seguidores— habría alguien de perseguir riquezas o poder si eso implica perder su posesión más preciada cuando llegue el momento de rendir cuentas?
A medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato y se vislumbra un Estados Unidos posterior a la era Trump, algunos evangélicos y estudiosos de la religión se plantean una cuestión similar: ¿qué les costará a los evangélicos blancos su lealtad al presidente Trump, ahora que ha llegado su momento de rendir cuentas?
El ascenso de Trump al poder fue la culminación de un movimiento religioso que comenzó a principios de la década de 1970. Desde entonces, los cristianos evangélicos blancos se han convertido en sus partidarios más incondicionales. La gran mayoría de ellos votó en tres ocasiones por un hombre a quien un comentarista evangélico blanco calificó recientemente como “posiblemente el presidente más vulgar y corrupto en la historia de Estados Unidos”.
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Lo que obtuvieron a cambio es evidente: un acceso sin precedentes al poder político, la anulación del fallo Roe vs. Wade y el nombramiento de jueces conservadores en la Corte Suprema que están desmantelando la separación entre la Iglesia y el Estado.
Sin embargo, lo que resulta menos claro es qué precio podrían pagar por su lealtad una vez que Trump ya no esté. A medida que el presidente se acerca al final de su mandato, una etapa en la que su influencia política inevitablemente decaerá, esta pregunta cobra mayor urgencia. Los jóvenes estadounidenses ya manifiestan una menor inclinación a asistir a la iglesia debido al apoyo que los líderes cristianos han brindado a Trump.
Podrían surgir pronto otras consecuencias imprevistas. Los movimientos de reforma moral a veces generan un efecto bumerán contra de sus propios impulsores. La Ley Seca (Prohibición) generó una explosión del crimen organizado y una crisis de salud pública. La revolución sexual de la década de 1960 alimentó el surgimiento de la derecha religiosa. Las protestas de Black Lives Matter dieron lugar a la guerra contra lo woke.
Los movimientos de reforma desencadenan contraataques furiosos porque Estados Unidos es una nación profundamente dividida, señala James A. Morone, profesor de la Universidad de Brown y autor de “Hellfire Nation: The Politics of Sin in American History”.
“Si un bando gana, nunca es algo permanente». “Si la historia sirve de guía, es muy probable que veamos una reacción en contra a esto”, comenta Morone a CNN, refiriéndose al movimiento de la “derecha religiosa” que contribuyó a llevar a Trump a la Casa Blanca. “Ya hay indicios de que estamos empezando a verla”.
Morone es uno de los varios evangélicos y académicos que hablaron recientemente con CNN sobre el apoyo de los evangélicos blancos a Trump. Identificaron cuatro desafíos a los que probablemente se enfrentarán los evangélicos en los últimos años de la era Trump y más allá.
Es una imagen que sintetiza el vínculo inquebrantable entre Trump y muchos evangélicos blancos. El presidente está sentado a su escritorio en el Despacho Oval, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, mientras un círculo de oración formado por líderes evangélicos lo rodea, implorando a Dios que vele por su “guerrero sagrado”.
La fotografía ilustra el poder político que los evangélicos blancos acumularon bajo el mandato de Trump. Durante más de 40 años, pastores evangélicos como Pat Robertson y Jerry Falwell buscaron transformar la cultura y los tribunales para influir en la opinión pública y cambiar el sistema legal. Su objetivo: convencer a los estadounidenses de que “vuelvan a Dios”.
Sin embargo, algunos críticos señalan que la imagen refleja otra cosa: hipocresía. Los evangélicos blancos que apoyan a Trump han sido acusados de dejar de lado su fe para respaldar a un presidente cuya retórica y conducta personal a menudo contradicen las enseñanzas de Jesús.
Cabe aclarar que millones de evangélicos blancos llevan una vida basada en la fe y el servicio, y no apoyan a Trump. Pero aquellos que han permanecido junto a él carecerán de la credibilidad moral necesaria para persuadir a la gente o moldear la opinión pública, afirma John Fea, evangélico y autor del libro “In God We Trust: Was America Founded as a Christian Nation?”.
“Tras la era Trump, los evangélicos se darán cuenta de que ya no tienen una voz profética; no podrán ofrecer una orientación moral a la cultura”, señala Fea, historiador en el Messiah College, en Pensilvania.
“¿Cómo se puede criticar al próximo presidente si surge algún problema ético, después de haber estado tan estrechamente vinculados a Trump durante 12 años?”, añade. “El movimiento evangélico… quedará asociado a la política de Trump. Hará falta una generación o más para desprenderse de ese estigma”.
No obstante, algunos evangélicos blancos rechazan la idea de que su alianza con Trump haya socavado su credibilidad moral.
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El reverendo Lucas Miles, director sénior de Turning Point USA Faith, ha sido uno de los defensores evangélicos más fervientes de Trump.
“Elegimos presidentes, no un salvador”, afirmó en una declaración compartida con CNN. “Todo ser humano es, por naturaleza, un ser caído, pero esa realidad no nos exime de nuestro deber de procurar el bienestar del país en el que Dios nos ha puesto”.
Miles destacó que Trump ha “promovido protecciones para la libertad religiosa, ha nombrado a la mayoría en la Corte Suprema más favorable al movimiento provida en los últimos 50 años, y se ha opuesto a los intentos de imponer la ideología de género en los niños y en las instituciones”. También mencionó un reciente y drástico aumento en las ventas de Biblias, así como una mayor asistencia de jóvenes a las iglesias (un avivamiento que ha sido cuestionado por algunos académicos).
“De cara al futuro, el destino de la comunidad evangélica no depende de una sola figura política”, afirmó.
La alianza de los evangélicos blancos con Trump podría perjudicarlos de otra manera: podrían verse desplazados por una vertiente distinta del cristianismo.
Es posible que esto ya esté ocurriendo. Resulta evidente en la candidatura de uno de los demócratas que más ha dado que hablar en las elecciones de mitad de mandato: James Talarico, el texano que aspira a un escaño en el Senado de Estados Unidos.
Talarico suele citar a Jesús para argumentar que la atención sanitaria es un derecho humano y que los ricos y las grandes empresas deberían pagar más impuestos. Pero, además, forma parte de una reacción cristiana que está lista para sacar provecho al etiquetar a los evangélicos blancos como hipócritas.
Los demócratas están viviendo un momento de “encuentro con la fe”. Al menos una docena de pastores, seminaristas y exmiembros del clero se presentan como candidatos demócratas a cargos federales y estatales, entre ellos Rob Sands, quien aspira a la gobernación de Iowa, y el reverendo Adam Hamilton, un pastor metodista que busca un escaño en el Senado por Kansas.
La vertiente del cristianismo a la que recurren Talarico y otros demócratas se denomina “Evangelio Social”, una corriente que ha estado en conflicto con el cristianismo evangélico durante más de un siglo.
El Evangelio Social es un movimiento cristiano que surgió en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Surgió como respuesta a los niveles obscenos de desigualdad durante la llamada “Edad Dorada”. Este movimiento convirtió al cristianismo en una herramienta para la reforma económica y política. Su mensaje era claro: salvar a las personas de la pobreza era tan importante como salvarlas del infierno.