Esta victoria no basta: ¿qué deben hacer ahora los demócratas?
Los demócratas no sentían una alegría tan pura desde que Barack Obama fue elegido presidente en 2008. En cada uno de los Estados en los que Donald Trump ganó con facilidad hace dos años, los candidatos republicanos a cargos públicos de todo tipo han caído derrotados, a menudo por un margen considerable. Los resultados más llamativos son los de Texas, el segundo Estado más poblado del país, en el que los demócratas han conseguido un escaño del Senado de Estados Unidos y el cargo de gobernador, en ambos casos por primera vez desde hacía casi cuatro décadas. El Estado de Kansas, en las grandes llanuras del Medio Oeste, también ha elegido a un demócrata para el Senado, algo que no ocurría desde los años treinta.
Pocas veces ha quedado un presidente en activo tan humillado por los resultados de unas elecciones de mitad de mandato. Es evidente que, durante los próximos dos años, Donald Trump va a seguir vomitando mentiras descaradas y acusaciones repugnantes contra sus detractores, cada vez más numerosos. Pero, el martes pasado, los votantes estadounidenses dejaron muy claro su rechazo a un partido que, según el alcalde republicano de Oklahoma City, en Oklahoma, se ha convertido, bajo el liderazgo del presidente, en “una ruina moral e intelectual”.
Todo eso está muy bien, pero, ahora que los demócratas tienen la mayoría en las dos Cámaras del Congreso y la mayoría de los Estados, van a tener que demostrar a los estadounidenses que son capaces de gobernar con eficacia. Eso significa centrarse en políticas pensadas para mejorar la seguridad económica de la gente corriente e impulsar, con palabras y con hechos, la idea de un Gobierno dirigido por funcionarios dedicados de verdad al bienestar de sus electores y no a alimentar sin cesar su ego y su riqueza, como hace Trump. También significa abordar el miedo creciente de los estadounidenses a un futuro en el que la inteligencia artificial pueda dejar obsoletos millones de puestos de trabajo y China deje a Estados Unidos cada vez más atrás en la carrera por la hegemonía mundial.
Si los demócratas, a pesar de su dificultad, consiguen hacer todas o casi todas esas cosas, tendrán grandes posibilidades de volver a ser el partido mayoritario en Estados Unidos. Desde la década de los setenta, ni ellos ni los republicanos han gobernado el país más de uno o dos ciclos electorales. El balance de las últimas 13 elecciones presidenciales es prácticamente un empate: siete victorias republicanas y seis demócratas. El control de una o de ambas cámaras del Congreso también ha ido oscilando de un lado a otro desde los años ochenta. Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca en 2009, los demócratas tenían amplia mayoría tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Al año siguiente perdieron la Cámara Baja y, en 2014, también la Alta.
Este ha sido el periodo más largo de equilibrio entre los partidos en la historia de Estados Unidos y ha hecho que los estadounidenses se encuentren políticamente estancados. Los problemas que aquejan al país desde hace tanto tiempo —las desigualdades económicas, el alto coste de la sanidad y la vivienda, la inmigración ilegal, el cambio climático y el deterioro de la confianza en la propia democracia— están cada vez más enconados.
Desde los años veinte del siglo XIX, cuando empezaron a celebrarse elecciones con participación general en Estados Unidos, no ha habido más que tres etapas de dominio prolongado de uno u otro partido: los demócratas, bajo el mandato del presidente Andrew Jackson y sus seguidores, hasta justo antes de la guerra civil; los republicanos, durante largos periodos, desde el presidente McKinley, a finales del siglo XIX, hasta Herbert Hoover, a finales de los años veinte; y, de nuevo, los demócratas, durante el régimen del New Deal que instauró el presidente Franklin D. Roosevelt en 1932 y se prolongó hasta la derrota de Jimmy Carter frente a Ronald Reagan en 1980. La era de Jackson fue peculiar, impulsada por un discurso populista dirigido a los varones blancos y por el apoyo a los esclavistas del Sur. Pero los demás periodos tuvieron su origen en profundas crisis económicas: una larga depresión en los años noventa del siglo XIX y otra apenas cuatro décadas más tarde.
En todas esas épocas hubo cambios trascendentales. Jackson eliminó el banco central de la nación y uno de sus sucesores demócratas, James Polk, provocó una guerra con México en la que se conquistaron unos territorios que sumaron siete nuevos Estados a un país en plena expansión. A principios del siglo XX, los republicanos impulsaron los sectores industriales nacionales y convirtieron el poder judicial federal en enemigo acérrimo de los sindicatos. A mediados del siglo XX, los demócratas liberales se aliaron con el movimiento obrero industrial e instauraron nada menos que la Seguridad Social y Medicare, unos pilares fundamentales del Estado de bienestar, al tiempo que empezaban a desmantelar el racismo legal.
En muchos aspectos, la política estadounidense sigue atrapada en las disputas que estallaron por primera vez en las décadas de los sesenta y setenta. Demócratas y republicanos siguen enfrentados por los mismos asuntos que sacudían el país hace medio siglo: el derecho al aborto, la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo, la inmigración procedente del sur global, la protección del medio ambiente y la decisión de enseñar la historia de Estados Unidos como un relato de grandeza o de opresión.
En 1952, el encuestador y periodista Samuel Lubell sostenía que había un partido “sol”, que fijaba las prioridades nacionales, y un partido “luna”, que “brilla y refleja el resplandor del calor generado”. Quizá, para poder salir del largo estancamiento partidista, sea necesaria una crisis de la magnitud de aquellas que impulsaron o interrumpieron el dominio anterior de los partidos mayoritarios. Ahora bien, incluso sin debacle financiera ni estallido de guerra civil, los demócratas van a tener que encontrar la manera de convencer a la mayoría de los estadounidenses de que comprenden sus necesidades y disponen de soluciones realistas para ellas.
Para ello, tendrán que mantener la amplia y conflictiva coalición entre el ala izquierda y el ala moderada que esta semana ha hecho posible una victoria tan contundente. Si Adam Hamilton fuera un socialista laico y no el pastor de una gran iglesia metodista que se considera a sí mismo centrista, no lo habrían elegido senador por Kansas. Por su parte, Zohran Mamdani supo aprovechar el fervor organizativo de miles de compañeros suyos del ala de los Socialistas Democráticos para convertirse en alcalde de la ciudad de Nueva York el pasado enero.
Estados Unidos siempre ha sido una nación con una tremenda diversidad: racial y étnica, religiosa e ideológica, de clases y regional. Cuando los demócratas han sido astutos y pragmáticos y han sabido construir un partido capaz de implantarse en todos los niveles, aprovechar las debilidades de sus adversarios políticos y actuar sinceramente motivado por la empatía hacia los hombres y mujeres corrientes, han llevado al país por la senda de la decencia social, aunque no llegara a ser una sociedad plenamente democrática o igualitaria. Ahora que la era de Trump llega a su fin tienen la oportunidad de volver a hacerlo, pero deben ser conscientes de que ninguna facción debe intentar derrotar a la otra.