“Es la inflación, estúpido”: Estados Unidos se sume en el descontento pese al crecimiento económico
Han pasado 640 días desde que Donald Trump prestó juramento en el Capitolio en un discurso grandilocuente en el que proclamó: “La Edad de Oro de Estados Unidos comienza justo ahora. A partir de hoy, nuestro país prosperará y volverá a ser respetado en todo el mundo”. Casi dos años después, si los sondeos no fallan, está a punto de sufrir una histórica derrota en las elecciones de medio mandato que se celebran el próximo 3 de noviembre debido al descontento de las familias estadounidenses sobre la situación económica. La inflación, los aranceles y la guerra contra Irán explican la gran decepción que se extiende desde una costa a otra de Estados Unidos. Un sentimiento que ha contagiado a las zonas rurales del Medio Oeste y el Sur del país, donde los demócratas no gobiernan desde hace casi un siglo, como Kansas o Mississippi. El malestar de los estadounidenses con la situación económica contrasta con las grandes cifras que sitúan al país como una de las potencias que más crece.
Una reciente encuesta del centro de análisis demoscópico Pew Research sitúa la economía como el principal problema de los estadounidenses, seguido de cerca por el futuro de la democracia. Llama la atención que la espita de la movilización ciudadana sea por la inflación y el precio de los carburantes y no por los exabruptos y excesos del inquilino de la Casa Blanca, que han supuesto un retroceso democrático en Estados Unidos. Más allá de esas reflexiones, ocho de cada diez ciudadanos califican la situación económica como mala o muy mala, según otro sondeo publicado este jueves por la cadena CNBC. En estos días electorales abundan las encuestas en la prensa estadounidense que muestran cómo los hogares suspenden la gestión económica de Trump.
El sentimiento de los estadounidenses muestra una tendencia, pero las grandes cifras macroeconómicas reflejan otro panorama. Estados Unidos crece a un ritmo del 2,2% y los pronósticos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de otras instituciones internacionales sitúan al país norteamericano como la economía que más crecerá entre las grandes potencias mundiales gracias al auge de la inteligencia artificial (IA).
“En Estados Unidos, la actividad se ve respaldada por un consumo muy fuerte, impulsado a su vez por un mercado laboral sólido y el continuo aumento de la riqueza de los hogares, especialmente gracias a los recientes incrementos en las valoraciones de los activos financieros”, dijo Nigel Chalk, director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, hace unas semanas. “Al mismo tiempo, observamos una aceleración de la inversión relacionada con la tecnología, lo que ha compensado una desaceleración en otros tipos de inversión, particularmente en infraestructuras”.
Estados Unidos ha mostrado una gran resiliencia desde la pandemia. Su economía avanza de forma consistente a pesar de la crisis de los aranceles y de la guerra contra Irán. La tasa de paro está atornillada en torno al 4,2%, un porcentaje históricamente bajo. Y, aunque la creación de empleo se ha moderado, debido al endurecimiento de las políticas migratorias y al impacto de la IA, el mercado laboral sigue gozando de buena salud, lo que provoca la complacencia de los funcionarios de la Reserva Federal.
“Si hace un año me hubieran dicho que Estados Unidos estaría enfrascado en una guerra sin salida clara en Oriente Próximo, que los precios del petróleo estarían por encima de los 100 dólares el barril, que los tipos de interés subirían con fuerza y que la inflación superaría el 3%, mis perspectivas para la economía estadounidense habrían sido, como mínimo, bastante pesimistas”, reflexiona Jared Franz, economista de Capital Group. “Sin embargo, las previsiones de consenso sobre el crecimiento lo sitúan por encima del 2%, claramente por delante de otras economías desarrolladas de todo el mundo”, según remarca este economista, que defiende que las previsiones sobre Estados Unidos se han quedado cortas y crecerá más a lomos de un mercado laboral sólido, que ha superado las expectativas, la buena situación financiera de los hogares y la desmesurada inversión de las empresas en inteligencia artificial.
Las grandes empresas registran beneficios récord, mientras que los mercados financieros están en máximos históricos. El S&P 500, el índice industrial de Wall Street, se ha revalorizado casi un 15% en el último año y el tecnológico Nasdaq casi un 20% al calor de las empresas tecnológicas que compiten en la alocada carrera de la inteligencia artificial con ingentes inversiones para comprar microprocesadores y construir centros de datos por todo el país.
Los estadounidenses que pueden ahorrar para invertir en renta variable, la mitad aproximadamente de la población, se frotan las manos con las ganancias que obtienen en la Bolsa. El problema lo sufre la otra mitad del país.
¿Qué ocurre entonces con la economía de Estados Unidos? “Es la inflación, estúpido”. Podría decirse, parafraseando a James Carville, el estratega de campaña de Bill Clinton que en las elecciones de 1992 popularizó el famoso eslogan que todo el mundo conoce. Más de tres décadas después, el descontento ciudadano llega por el encarecimiento de la cesta de la compra, la subida del precio de los combustibles, de las primas de los seguros médicos y el alza de los tipos de interés, que devoran las ganancias de renta de los hogares estadounidenses.
Los economistas han puesto de moda una palabra para definir esta situación: la asequibilidad, que define la pérdida de poder adquisitivo o la dificultad de las familias para comprar sus bienes básicos.
Suzanne Roberts Moritz recoge calabazas en una granja a las afueras de Cedar Rapids, la segunda ciudad más grande de Iowa. Tiene 60 años y, pese a que hace cinco se jubiló como profesora de un colegio, ha tenido que volver a buscar un trabajo para pagar las facturas. “La gasolina se ha disparado, me cuesta 250 dólares cada vez que quiero ir a ver a mi hija y mis nietos, que viven en Carolina del Norte. Cada vez que voy al supermercado noto que todo es más caro, el seguro médico, todas las facturas...”, lamenta. Suzanne, que vive en una de las zonas rurales del país, representa el ejemplo perfecto de la crisis de la asequibilidad.
Pese a que Trump repite machaconamente en los mítines electorales que la inflación está controlada, la espiral de precios está desatada. La inflación se situó en septiembre en el 3,7%, según la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). Los datos de ese mismo mes revelan que el salario medio por hora aumentó un 3%, una tendencia que se extiende desde principios de año y que revela que los hogares han perdido poder adquisitivo. Es la gota que colma el vaso para las familias que han visto cómo el coste de la vida ha subido un 30% desde la pandemia.
“La asequibilidad y las presiones sobre el coste de la vida definen el ciclo de elecciones de mitad de mandato de 2026. Casi la mitad de los votantes registrados cita el coste de la vida como el factor más importante que influye en su voto, mientras que el 74% cree que su coste de vida se está moviendo en la dirección equivocada. El aumento de los costes de vivienda, sanidad y alimentación sigue afectando el sentimiento de los hogares, con un 59% de los estadounidenses que duda de que el nivel de vida de sus familias mejore”, apunta Deepak Puri, jefe de la oficina de inversiones en América de Deutsche Bank.
Heidi Shierholz y Josh Bivens argumentan en un artículo publicado en septiembre en Economic Policy Institute que “la economía estadounidense es la más rica del mundo, pero la brecha entre lo que podría ofrecer a las familias trabajadoras y lo que realmente ofrece es exasperante”. En un trabajo para explicar la crisis de la asequibilidad exponen: “Esta brecha se debe a la desigualdad. Los ingresos promedio solo pueden crecer más rápido que los de la clase media si algunos grupos, en este caso, los ultrarricos, experimentan un crecimiento muy superior al promedio”.