Trump llevó oro venezolano a EE. UU., pero las refinerías no quieren tocarlo
A principios de marzo, mientras el presidente Donald Trump disfrutaba del éxito de una intervención militar en Venezuela, se reunió con el secretario del Interior estadounidense, Doug Burgum, en el Ala Oeste para una celebración privada. También asistió un empresario, que llevó una pila de oro.
El presidente vio con aprobación los 10 lingotes de oro venezolano apilados en la Sala Roosevelt, frente al Despacho Oval, según recordaron funcionarios de la Casa Blanca. Los asesores tomaron fotos y bromeaban sobre quedarse con el oro.
En su momento, el propio Trump había puesto al oro venezolano en una lista negra, al declarar que destruía el medioambiente, envenenaba a la gente y financiaba a miembros de bandas criminales y oficiales militares corruptos. Pero después de que Trump derrocara al presidente venezolano Nicolás Maduro, su postura cambió.
El mismo día en que los lingotes llegaron a la Casa Blanca, el gobierno de Trump emitió una nueva política que permite a los comerciantes importar oro venezolano proveniente de una de las regiones mineras más violentas y corruptas del mundo. Los primeros suministros provendrían de una empresa minera estatal que seguía catalogada como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.
“Por lo general, hay que competir en los Juegos Olímpicos para traerse el oro”, dijo más tarde Burgum en una conferencia sobre energía, mientras cautivaba a los asistentes con el relato de cómo había abierto el conducto de oro de Venezuela.
El acuerdo de comercio de oro ejemplificó cómo Trump aprovechó la captura de Maduro para obtener el control de los recursos de Venezuela. Primero, tomó el control de las exportaciones de petróleo de Venezuela. Después, su gobierno se volcó hacia la riqueza mineral del país.
Eso incluía una de las mayores reservas de oro sin explotar más grandes del mundo, en un momento en que los precios rondaban máximos históricos y los compradores estaban ávidos de conseguirlo.
El gobierno de Trump y sus aliados empresariales dijeron que la venta de oro beneficiaría a la economía de Estados Unidos, ayudaría a desarrollar la región minera de Venezuela y privaría de ingresos a los delincuentes y a los funcionarios corruptos.
Pero una investigación del New York Times, que va desde las minas del sur de Venezuela hasta la Casa Blanca y las casas de comercio en Europa, encontró que Trump alineó a Estados Unidos con una industria todavía plagada por la misma criminalidad que, según él, enfrentaba al detener a Maduro.
Aviones sacaron oro de Venezuela incluso antes de que las empresas hubieran visitado las minas. Parte de ese oro, descubrió el Times, está vinculado a mineros que pagan cuotas de protección a bandas criminales. Eso permite que los delincuentes se beneficien del acuerdo insignia del gobierno.
Y los financieros estadounidenses están explorando nuevas inversiones en minas vinculadas a bandas criminales como parte de un acuerdo negociado por el gobierno de Trump.
El oro venezolano había beneficiado en el pasado a adversarios de Estados Unidos como Irán. Trump buscó redirigirlo hacia Estados Unidos para su refinación.
Pero, en parte como consecuencia del enfoque apresurado del gobierno, todo ese oro —con un valor de cientos de millones de dólares— permanecen intactos en almacenes, según tres personas con conocimiento de los envíos. Las refinerías tendrían que garantizar, conforme las normas internacionales, que el oro no haya financiado a bandas criminales, la destrucción ambiental o la corrupción.
“¿Queremos ser la primera refinería en anunciar públicamente que estamos recibiendo oro venezolano?”, se preguntó Simon Houghton-Dodd, de Asahi Refining, en una reciente reunión del sector en Londres.
Este relato de la fiebre del oro de Trump se basa en entrevistas con mineros y refinadores en El Callao, el corazón de la minería venezolana, así como en entrevistas con funcionarios de la Casa Blanca y del gobierno venezolano, líderes del sector y corredores globales de materias primas.
Algunos hablaron bajo condición de anonimato, ya sea porque no estaban autorizados a declarar públicamente o porque hacerlo pondría en riesgo su sustento o su seguridad.
El acuerdo del oro cristaliza las posturas que Trump ha sostenido desde hace tiempo sobre Venezuela, los recursos naturales y el poder de Estados Unidos. Maduro era un dictador que supervisaba un sistema corrupto y violento, pero Trump ha hecho tratos en repetidas ocasiones con líderes de ese tipo.
Lo que distinguía a Maduro, además de su negativa a ceder ante la exigencia de Trump de que dejara el poder, era que controlaba una nación rica en recursos y los comercializaba con los adversarios de Estados Unidos. Trump, especialmente durante su segundo mandato, ha declarado que Estados Unidos debe tener acceso a minerales clave en todo el mundo y expandir su influencia en el hemisferio occidental.
En enero, Trump envió comandos estadounidenses para sacar a Maduro. Luego tomó medidas para poner las riquezas de Venezuela bajo control estadounidense. Fue una apuesta a que la inversión traería reformas, y no al revés.
La Casa Blanca dijo que el progreso toma tiempo. “Durante años, la industria minera y aurífera de Venezuela le ha sido robada al pueblo venezolano y se ha utilizado para financiar a pandillas peligrosas y apoyar a actores malintencionados en todo el mundo“, escribió Taylor Rogers, portavoz de la Casa Blanca, en un comunicado. “Estados Unidos está ayudando a resolver este problema de larga data. Estamos limpiando la industria minera de Venezuela. Las empresas occidentales la están mejorando y legitimando“.
Para llevar a cabo esa visión, el gobierno de Trump recurrió a líderes empresariales ansiosos por sacar provecho de la visión mercantilista del presidente.
Entre ellos se encontraba Richard Holtum, director ejecutivo de Trafigura, una de las mayores casas del comercio del mundo. Holtum se reunió con Trump en la Casa Blanca para conmemorar ese primer envío de oro venezolano.
Tenía buenas razones para celebrar. Fue su empresa la que, en primer lugar, había convencido a la Casa Blanca de actuar respecto al oro venezolano.
A los pocos días de la detención de Maduro, ejecutivos de Trafigura contactaron a la Casa Blanca con una idea audaz.
El gobierno de Trump acababa de otorgarle a Trafigura el derecho a vender petróleo venezolano, lo que, según la empresa, le daba un amplio permiso confidencial para eludir las sanciones. Pero con los precios del oro por las nubes, los ejecutivos tenían ambiciones que iban más allá del petróleo.
Ejecutivos de Trafigura le dijeron a la Casa Blanca que el oro venezolano era un asunto de seguridad nacional, según personas familiarizadas con la propuesta. Argumentaron que la Casa Blanca tenía la oportunidad de tomar el control de una industria sin ley y poner los minerales de Venezuela en manos del gobierno de Estados Unidos y sus socios, es decir, Trafigura.
Al menos algunos empleados de Trafigura se mostraron recelosos, según personas que participaron en las discusiones de aquel momento. Venezuela tenía mucho oro, pero ¿cuánto de ese oro podía rastrearse y documentarse conforme a los estándares de la industria? Involucrarse en un país donde el oro está asociado con abusos de derechos humanos, financiamiento del terrorismo y corrupción era arriesgado.
Los funcionarios de la Casa Blanca conocían estos riesgos y la dificultad de sanear la industria. Sin embargo, dijeron haber sentido presión por parte de Trump para cerrar acuerdos, y rápido. Algunos sostuvieron que una inversión inmediata tenía más probabilidades de generar un cambio que continuar con el aislamiento.
Trump había puesto la mira en el oro venezolano desde que regresó al cargo en enero de 2025. Hizo de ese país una prioridad de su política exterior y designó a un emisario de confianza, Richard Grenell, para negociar el acceso de Estados Unidos a los recursos, incluido el oro.