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Fue deportada a México tras vivir dos décadas en Estados Unidos. Ahora ayuda a inmigrantes en la frontera

September 30, 2026

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Fue deportada a México tras vivir dos décadas en Estados Unidos. Ahora ayuda a inmigrantes en la frontera
A sus 66 años, Esther Morales Guzmán, originaria de un pueblo de Oaxaca “como de cuento”, dice sentirse con “mucha fortaleza, mucha energía” para seguir trabajando. Su labor está lejos de ser sencilla. Cada semana, cocina diversos platillos, ollas llenas de espagueti, frijoles, arroz o guisados, para luego salir a las calles de la ciudad fronteriza de Tijuana en su auto y entregar “comida calientita” en albergues para migrantes en situación de tránsito o deportados. Artículo relacionado Cientos de personas avanzan desde Tapachula en nueva caravana migrante hacia EE.UU. y el norte de México Para ella, así como para miles de migrantes, el futuro es incierto debido a la situación actual en Estados Unidos, cuyo Gobierno lleva casi dos años emprendiendo una ofensiva migratoria masiva para detener y deportar a inmigrantes indocumentados, muchos de ellos a México (incluso sin ser mexicanos). Sin embargo, Morales Guzmán dice a CNN que no piensa en rendirse. Como migrante que alguna vez vivió décadas en EE.UU. y que fue deportada por última vez en 2010, sabe lo que es pasar hambre o cambiar de refugio cada cierto tiempo. Es por ello que, asegura, “voy a seguir adelante hasta que ya no pueda, hasta que ya de plano no haya nada”. “Tenemos que seguir porque ¿qué va a ser de esa gente? ¿A dónde va a ir esa gente?”, agrega. La historia de la señora Esther es un ejemplo claro del fenómeno histórico de la migración entre México y Estados Unidos. Primero, a finales de la década de 1980, salió de su pueblo en Oaxaca rumbo a la Ciudad de México para trabajar con una familia. Además de ese trabajo, Esther puso un negocio de tortas para tener más ganancias, pero las ventas no andaban bien. Para ese entonces, todos sus hermanos ya estaban en Estados Unidos, así que decidió irse también. Uno de sus hermanos le dio un croquis del apartamento en Los Ángeles donde estaban viviendo, así como indicaciones para llegar a Tijuana, ciudad mexicana en la frontera con EE.UU. desde donde tendría que cruzar. Artículo relacionado Las cifras que revelan el alcance de la ofensiva inmigratoria de Trump Era 1989 cuando Esther logró cruzar por primera vez a Estados Unidos. Cada cierto tiempo, decidía regresar a Oaxaca y luego volver a cruzar. Siempre lo hizo, reconoce, sin papeles, pues antes era más fácil y no existía el control migratorio que hoy prevalece. Su única hija nació en Los Ángeles en 1993 y gracias a su trabajo en EE.UU. pudo independizarse de sus hermanos y rentar un apartamento por su cuenta. El “sueño americano” parecía haberse cumplido, su hija y ella vivían en paz, construyendo una vida juntas, celebrando cumpleaños, pasando tiempo con la familia. Pero entonces “empecé con los problemas de las deportaciones”, dijo Guzmán Morales a Humanizando la Deportación, proyecto originado en la Universidad de California en Davis que documenta historias de migrantes, quienes narran y dirigen sus relatos en formato audiovisual. Reingresó a Estados Unidos en varias ocasiones —un delito en ese país—, pero la seguían deportando a Tijuana, una ciudad prácticamente desconocida para su hija, quien hablaba poco español y ya había formado lazos de amistad en Estados Unidos. Esther sabía que lo mejor para su hija era que se quedara con su familia en Estados Unidos y siguiera su vida allá. En 2010, Guzmán Morales fue deportada por última vez a Tijuana, México. Desde ahí, buscaría construir una nueva vida y trabajar para pagar los estudios de su hija del otro lado de la frontera. Desde su llegada inicial a Estados Unidos en 1989 —con idas a México, regresos, arrestos en centros de detención, enfermedades, procesos migratorios y ocho deportaciones de por medio—, Esther fue deportada por última vez a Tijuana hace 16 años, en septiembre de 2010, en plenas fiestas patrias mexicanas. Si bien ya había estado en Tijuana, Esther no conocía del todo la ciudad porque siempre regresaba a Estados Unidos. Pero esta vez ese lugar se convertiría en su hogar. A partir de entonces, su vida en Tijuana giró alrededor de la búsqueda de trabajo. Salir de casa, caminar, buscar empleo, ahorrar. Esa era la rutina. Artículo relacionado Un deseo para la última fase de la vida: esta ambulancia lleva a pacientes en etapa terminal a cumplir sus sueños En una de esas caminatas, encontró un letrero que solicitaba a una persona para trabajar haciendo tamales, un platillo típico que se remonta a la época prehispánica. Esther sabía cocinar de todo, menos tamales, pero igualmente tomó el trabajo. El lugar donde se colocaría el negocio estaba muy sucio y requirió dos meses de limpieza, tiempo en el que Esther aprendió a hacer tamales (aunque admite que tardó un año en perfeccionar su técnica para cocinarlos). El negocio, conocido como el restaurante La Antigüita, abrió en 2011 y despuntó: sus mejores clientes eran estadounidenses que se llevaban tamales por docenas. Pero Esther estaba “deprimida” por no poder estar junto a su hija, al punto de tener problemas con el consumo de alcohol. Su “mejor terapia”, dijo a Humanizando la Deportación, fue el trabajo, por lo cual dedicó “cuerpo y alma” al negocio de los tamales. Con Esther a la cabeza, La Antigüita ganó reconocimiento por sus atoles y tamales de elote, así como por ayudar a migrantes varados en la ciudad. Morales Guzmán daba comida y agua a personas que lo necesitaban, y en muchas ocasiones se trataba de migrantes en calles y albergues de Tijuana, ciudad que, hasta la fecha, se mantiene como epicentro del fenómeno migratorio entre EE.UU. y México, ya sea como punto de tránsito para migrantes o de destino para personas deportadas. Esther comentó a Humanizando la Deportación que a veces piensa que ya superó todo lo vivido, pero en realidad no ha podido: “La deportación cambió mi vida”. Sin embargo, se dijo orgullosa de haber convertido “lo imposible en posible” al transformarse en la cara del restaurante La Antigüita. “Ironías de la vida: mi sueño americano se convirtió en mi lindo sueño mexicano. Ya me cansé de llorar, ya no quiero llorar. Quiero ser la parte de éxito, un ejemplo y mostrar que sí se puede, que no todo se perdió”, añadió. La señora Esther comenzó a ayudar a migrantes prácticamente desde que inició su trabajo en La Antigüita. En esos primeros años, dice a CNN, estuvo en el “anonimato”, hasta que un grupo de estudiantes de posgrado llegó a Tijuana en 2016 para descubrir historias de migrantes. Artículo relacionado Exclusiva: “No tengo a nadie”: dentro de un tribunal de inmigración de Texas donde niños luchan por permanecer en EE.UU. Ese grupo de estudiantes era el equipo de Humanizando la Deportación y, en su búsqueda, dieron con una historia digna de contarse: la de la señora Esther. Con la ayuda de Humanizando la Deportación, Esther dio a conocer su historia y decidió bautizar su proyecto de ayuda como “Comida Calientita”. “Ellos llegaron en el 2016 y fue cuando me descubrieron, fue cuando ya me hice viral, porque estaba yo en el anonimato, daba comida y todo, pero hasta que ellos llegaron ya me empezaron a buscar. Y ahora es bastante conocido ya (el proyecto) Comida Calentita”, explica Guzmán Morales a CNN. Humanizando la Deportación no solo estuvo con Esther en 2016. Han vuelto constantemente y en la actualidad los estudiantes de esa iniciativa la siguen apoyando con su labor altruista. En 2017, una de las estudiantes del grupo, la estadounidense Brooke Kipling, viajó a Tijuana para grabar historias de migrantes y fue cuando conoció a Esther. Humanizando la Deportación no solo estuvo con Esther en 2016. Han vuelto constantemente y en la actualidad los estudiantes de esa iniciativa la siguen apoyando con su labor altruista. En 2017, una de las estudiantes del grupo, la estadounidense Brooke Kipling, viajó a Tijuana para grabar historias de migrantes y fue cuando conoció a Esther. “Doña Esther me enseñó que primero la panza llena, después el corazón contento.
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