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“La verdad es que Cuba ya ha caído”: la estrategia de Estados Unidos para someter a la isla

October 2, 2026

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“La verdad es que Cuba ya ha caído”: la estrategia de Estados Unidos para someter a la isla
A Sandro Castro, el nieto influencer de Fidel que maneja varios clubes nocturnos de La Habana, le hicieron hace unos días una pregunta ante sus más de 165.000 seguidores de Instagram. “¿Para cuándo el cambio en Cuba?” El joven Castro posteó una foto suya con una bandera cubana cubriéndole la espalda, mientras miraba de lejos la silueta agrietada de La Habana: “Cuba ya está cambiando, ¿o acaso no lo notan?”, respondió. Ciertamente, el país que era en enero no es el mismo nueve meses después: la mayoría de su gente sigue observando la vida escurrirse entre la escasez y los largos cortes de electricidad, pero una nueva clase privada se encarga de lo que corresponde al Estado, o sea, abastecer farmacias, importar y distribuir el diésel, garantizar la venta de alimentos. Eso era algo impensable en la Cuba que el castrismo diseñó. Pero desde inicios de año, con la presión a modo de restricciones que ha impuesto Washington, el país empezó a cambiar sin que parezca que algo está cambiando. No lo perciben los cubanos que se levantan y se acuestan en medio de las encadenadas horas de apagón, ni las madres que han dejado de enviar a sus hijos a la escuela por la falta de desayuno o uniformes, incluso de maestros. Pero sí lo saben los nuevos ricos cubanos, lo entiende la familia Castro, y lo reconoció hace unos días el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, cuando le preguntaron, como han hecho desde hace meses: “¿Está Cuba a punto de caer? ¿Es Cuba la próxima?”. Rubio devolvió una respuesta que, hasta ahora, nunca se había atrevido a pronunciar tan directamente: “Bueno, la verdad es que Cuba ya ha caído”, dijo en declaraciones a Fox News. Se refería a que el país ahora tiene una economía más disfuncional de lo que era antes, permanece gobernado por una cúpula atada de pies y manos, y hoy es un territorio mucho más dependiente de Washington. Este, sin embargo, no era el cambio que esperaban una parte de los cubanos y cubanoamericanos que han abogado por el fin definitivo del castrismo. En un inicio, después de borrar del mapa político a Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump aseguró que se haría cargo de Cuba. La gente pensó que iba a presenciar en La Habana la misma operación que las fuerzas estadounidenses ejecutaron en Caracas, pero no ocurrió de tal forma. Luego, cuando se hicieron públicas las primeras negociaciones con los cubanos, la agenda de la Casa Blanca ya había priorizado sus intereses en Oriente Próximo. Entre visitas a la isla de altos directivos de la CIA, diálogos con la familia Castro y sanciones, el Gobierno de Estados Unidos nunca ha dejado claro cuál es su plan con la isla. En un principio, Trump habló de “tomar Cuba”, pero Rubio sugirió primero cambios económicos, luego políticos. Después el propio Rubio -quien conoce de primera mano los intereses del lobby cubanoamericano de Miami- cambió sutilmente su discurso y ahora afirma que la transformación política es imposible de posponer. “El presidente dice cualquier cosa y Marco Rubio se ve en una posición muy difícil de reaccionar a lo que él dice”, considera Andy Gómez, el exdirector del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, quien ayudó a moldear la propuesta de una política entre Estados Unidos y la isla en la era Obama. “El panorama es como una telenovela, una telenovela que se vive en Miami y en Cuba todos los días. Hay un problema grande mundial con la guerra a Irán, del que no se ve una solución; entonces Cuba ha tomado tiempo”. En ocasiones Trump ha insinuado que acelerará el prometido cambio en Cuba una vez salde la guerra en Irán. En un reciente encuentro del Escudo de las Américas en Nueva York, bromeó con que a su regreso de Oriente Próximo, “en un futuro cercano”, dejaría a su secretario de Estado “en medio de Cuba”. “Haremos que uno de esos grandes y hermosos portaaviones lo lleve, lo deje allí y él resolverá el resto. Siempre lo hace”, sostuvo. Desde hace nueve meses, la narrativa alrededor de la isla es imposible de descifrar: se ha hablado de drones sobrevolando el cielo habanero; de portaaviones cerca de las aguas cubanas; de negociaciones que proponen una vía pacífica; y a cada rato hay filtraciones que contradicen la información que llega desde la Casa Blanca. Estos días, a pesar de que Trump habló de que “llegarían a un acuerdo” con Cuba, o que no creía que necesitaran llevar a cabo una acción militar en la isla, CBS News informó que la Reserva del Ejército de Estados Unidos estaba evaluando la posibilidad de proporcionar al Comando Sur fuerzas policiales, personal médico y otro tipo de apoyo, que presumiblemente pudieran usarse en un futuro ataque a la isla. Más allá de la retórica, lo que ha sostenido Washington desde inicios de año hasta hoy es el cerco que ha acorralado al Gobierno de La Habana con una batería de sanciones. Rubio las ha catalogado como “las sanciones más fuertes en la historia” en la relación bilateral entre ambos países. Excepto el cargamento que trasladó a la isla el petrolero ruso Anatoly Kolodkin en marzo, al país no ha llegado más petróleo de ninguno de sus aliados. Ahora es el sector privado el encargado de importar desde Estados Unidos el combustible que circula en la isla. Según los cálculos de los economistas, entre enero y junio se han importado 799.704 barriles de diésel y 127.698 de gasolina. Casi cada mes, además, la Casa Blanca anuncia restricciones bancarias, financieras, o medidas que le cierran las puertas a al Gobierno cubano. En medio de este panorama, Cuba se ha quedado cada vez más sola en la pequeña Guerra Fría que libra en el Mar Caribe: ya no cuenta con la ayuda de Venezuela, hasta enero su principal proveedor, y ningún otro país ha intentado desafiar la política de sanciones de Washington. El resultado está a la vista de todos: para finales de 2026, Cuba es un país mucho más dependiente de Estados Unidos. Las importaciones de combustible, de comida o de bienes de consumo han alcanzado cifras récord. Según estudios del economista Ricardo Torres, exinvestigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana y profesor en la American University de Washington, las exportaciones de artículos de socorro este año llegan hasta los 126,6 millones de dólares, el pollo congelado que entra a la isla alcanza unos 118 millones, los derivados del petróleo otros 117,1 millones y los vehículos que se ven por las calles de La Habana, unos 34,9 millones. Si el año pasado las exportaciones desde Estados Unidos llegaron a poco más de 416,5 millones, este año rozaron los casi 700 millones de dólares, un aumento del 61%. A esto se le suman sectores como el de las remesas, que ha sido por años una inyección para la debilitada economía cubana que llega de mano de la diáspora. Según Torres, la dependencia de Cuba hacia un país a solo 90 millas no es nueva, pero es innegable que “ahora se está haciendo de manera muy directa, con toda la intención”. “Se están tomando algunas medidas que están creando nuevas dependencias”, dice. “Los sectores donde se ve más claramente es en la importación de combustible, después del embargo petrolero, y en el caso de la empresa Sherrit, que se retiró de Cuba por las sanciones, y empezaron a aparecer inversores norteamericanos negociando con Estados Unidos para tener una participación en Cuba. La idea es una vez que se van las empresas extranjeras, aprovechar ese vacío para posicionar a empresas de Estados Unidos”.
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