Que la izquierda en Colombia se consiga su Lula
Esta columna fue escrita por Mariana Palau, columnista invitada.
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva el domingo pasado es impresionante no solo porque ganó las elecciones contra todo pronóstico, sino porque logró deslegitimar una ideología de poder basada en la humillación, el dominio y el castigo. Al convencer entre la primera y la segunda vuelta a casi 10,4 millones de personas para que votaran por él, Lula demostró que es posible movilizar una resistencia social contra esa cruel ideología de poder que encarna la derecha extrema, no solo en nuestra región, sino en todo el mundo.
El triunfo de Lula en Brasil suscita una reflexión importante para los colombianos: ¿por qué aquí la izquierda, actualmente el único sector político con suficiente fuerza para enfrentar a la derecha radical, no logró lo que Lula logró en Brasil?
La respuesta la podemos encontrar comparando la trayectoria de quienes lideran la izquierda en ambos países y las fuerzas simbólicas y emocionales que definen su carácter.
Empecemos con la fascinante historia de Lula. Nació hace 81 años en un hogar pobre encabezado por una valiente madre que decidió separarse antes de someter a sus hijos a la violenta sombra de su marido. Lula comenzó a trabajar a los 12 años, primero como limpiabotas y más tarde como tornero mecánico en una fábrica metalúrgica. Fue ahí, durante un turno nocturno, donde una máquina le aplastó el dedo meñique de la mano izquierda. Lo peor del incidente es que, como eran las 2 a. m., no había transporte que lo llevara a un hospital y tuvo que esperar más de cuatro horas para que lo atendiera un médico. Terminó perdiendo el dedo.
No sería la última vez que Lula sufriría por una atención médica tardía. A los 25 años, perdió a su primera esposa y el hijo que esperaba cuando los médicos de un hospital en São Paulo ignoraron durante días los síntomas de anemia y una grave enfermedad hepática. El episodio lo sumió en una profunda depresión de la cual comenzó a salir un año después, cuando se metió de lleno en las actividades del sindicato metalúrgico.
Es imposible no ver la historia de Lula a través de un lente arquetípico. Para los que no conocen el término, un arquetipo, según la psicología analítica, es la expresión de un patrón psicológico universal que determina de manera inconsciente nuestra forma de actuar y ver el mundo. Hay tantos arquetipos como situaciones típicas en la vida. Por eso los vemos retratados en los mitos, la literatura, la televisión y demás, en las historias de personajes que encarnan la madre, el padre, el amante y el sabio, entre muchos otros.
En el caso de Lula, hay un arquetipo central que lo define: el del guerrero que no se rinde ante las adversidades, que se para una y otra vez, y que va por lo que es suyo. A finales de los años setenta, como líder sindical, desafió la dictadura militar brasileña movilizando a cientos de miles de trabajadores y paralizando las grandes industrias que la apoyaban. Como respuesta, la dictadura lo encarceló. Pero el encierro, lejos de doblegarlo, lo envalentonó. Después de que un juez anulara su sentencia, se dedicó de lleno al PT, el partido que ya había fundado con ayuda de los sindicatos, y se lanzó a la presidencia, sin pertenecer a la élite política, sin siquiera tener un título universitario. Le tomó cuatro intentos ganar las elecciones, pero para cuando llegó al poder en 2003, ya había madurado, moderando sus posturas para apelar a votantes más allá de su base sindical.
Como presidente, Lula entendió que la confrontación permanente con aquellos que no lo apoyan va directamente en contra de su capacidad de gobernar. Por eso ha formado alianzas con personas que no siempre comparten sus convicciones políticas. Su primer vicepresidente, José Alencar, fue un importante y millonario empresario, miembro de una clase política que poco simpatizaba con él. Geraldo Alckmin, su segundo y actual vicepresidente, también es proempresa y un aliado clave del sector financiero. Lula inclusive ha trabajado con Tarcísio de Freitas, el actual gobernador del estado de São Paulo y un aliado clave del bolsonarismo, para sacar adelante el túnel Santos-Guarujá, que pronto será el túnel submarino más grande de Sudamérica.
Este estilo de gobernar revela la presencia de otro arquetipo en la vida de Lula: el del rey, o el gobernante, aquel que transforma su sufrimiento en responsabilidad con los demás, que sabe cuándo una confrontación debe terminar para proteger a los suyos, que entiende que ganar batallas no siempre es necesario para transformar la realidad. Y es en ese aspecto que Lula es radicalmente distinto a Gustavo Petro, el indiscutible líder de la izquierda colombiana.
Petro pudo ser un Lula. Al fin y al cabo hay similitudes en sus historias de vida. Él también estuvo preso por defender sus convicciones políticas y, al destapar el escándalo de la parapolítica, también desafió a una fuerza que, además de peligrosa, era más poderosa que él. Hubo indicios al comienzo de su mandato de que podía formar alianzas inesperadas para consolidar su ambicioso proyecto social. Pero Petro abandonó la posibilidad de encarnar el arquetipo del rey con los primeros obstáculos a su reforma a la salud en el Congreso. Desde ese momento volvió a refugiarse en la confrontación y se quedó estancado en el arquetipo del rebelde eterno.
Por eso, durante su gobierno, buscó presionar a legisladores y funcionarios recurriendo repetidamente a la movilización popular y al llamado de una asamblea constituyente. Por eso su gobierno amenazó con no financiar otras obras de movilidad en Bogotá si la ciudad no aceptaba modificar el diseño del metro para incluir un tramo subterráneo. Por eso peleó con sus propios ministros, incluidos técnicos como José Antonio Ocampo y Alejandro Gaviria, cuyas válidas críticas debieron ser incorporadas para garantizar la viabilidad de sus propuestas.
El problema con el rebelde eterno es que necesita de sus adversarios para definirse y, por ende, busca el conflicto para mantener viva su identidad. Con esa mentalidad es imposible colaborar y hacer alianzas, dos herramientas clave para gobernar, porque hasta un simple reparo se convierte en un acto de enemistad. Peor aún, imposibilita reconocer errores y corregir rumbos. Cualquier fracaso no es más que el saboteo de un adversario, la traición de un colaborador o la resistencia al cambio dentro de una institución.
Fue la sombra de la rebeldía de Petro lo que impidió que en Colombia nos librásemos de la derecha radical. Porque la verdad es que, bajo el mando de Petro, a la izquierda le quedó imposible hacer lo que Lula hizo en Brasil: convencer a suficientes indecisos de que su contrincante era la peor alternativa. En mi ejercicio como investigadora cualitativa, hablo frecuentemente con personas sensibles, que valoran los derechos humanos y la lucha contra el cambio climático. Y, sin embargo, decidieron votar por Abelardo de la Espriella, no porque les guste su show de macho alfa, sino porque querían votar contra lo que la izquierda ha llegado a representar con Petro. Para ellos, vivir bajo el caos que desató el gobierno de un rebelde eterno genera un profundo rechazo.
Mientras Lula aprendió que para transformar el sistema debía trabajar también con quienes formaban parte de él, Petro exigió que el sistema se rindiera a sus pies. A diferencia de Lula, Petro fue incapaz de distinguir entre valentía y rebeldía, y por eso ocasionó el fracaso de sus más ambiciosas políticas públicas. El hecho de que millones de colombianos hayan preferido votar por una persona como Abelardo de la Espriella por encima de la continuidad de su proyecto político dice mucho sobre lo que suscita entre los colombianos el actual líder de la izquierda. Lo mejor que puede hacer ese sector político para garantizar su futuro es deshacerse del rebelde eterno y buscarse un rey guerrero como Lula.